2.1.10

Dignidad del embrión humano: Una defensa desde la filosofía

Dignidad del embrión humano: Una defensa desde la filosofía

Lic. Nancy Estela Salazar

En diversos medios de comunicación estamos encontrando titulares como este: “Enfrentamientos entre movimientos feministas y movimientos religiosos generados por el debate congresista sobre la despenalización del aborto”. Ante estos titulares es necesario preguntarse ¿solo los religiosos deben defender la vida humana de estas personas indefensas por sí mismas?, ¿solo ellos tienen la luz para darse cuenta del valor de la vida de estos seres tan dignos como nosotros?.

Yo pienso que no, todos los hombres con el suficiente uso de razón tenemos la luz natural para reconocer el valor de la vida humana de estas persona que reclaman a gritos ser defendidos, por todos desde el ámbito que nos encontremos.

Para motivarles a leer es bueno empezar citándoles una anécdota muy conocido: “Cierto día le preguntaron a un premio Nobel, que justificaba el aborto eugenésico, si hubiera permitido el aborto de una mujer tuberculosa y deprimida, maltratada por su marido alcohólico, con el feto expuesto a defectos congénitos y graves perturbaciones emocionales. Ante la contestación afirmativa, el interlocutor contestó que acaba de eliminar al eminente músico alemán Ludwig Van Beethoven” (Pardo, 2004: 69).

De este hecho, se puede deducir fácilmente que al despenalizarse el aborto en nuestro querido Perú ¿cuantas personas brillantes, capaces de mejorar el mundo, estaremos eliminando?

Por tanto, en este artículo se intentará hacer una defensa de la dignidad personal del embrión humano, desde la filosofía, utilizando un método reflexivo e intentando presentar algunas argumentaciones dirigidas a la razón, no al corazón o sentimiento de las persona; pero también teniendo en cuenta lo que nos enseña el sentido común y sin olvidar lo que la ciencia ha demostrado sobre la vida humana en su etapa original.

En primer lugar es necesario precisar el significado de la palabra dignidad. La dignidad constituye una especie de preeminencia, de bondad o de ca¬tegoría superior, en virtud de la cual algo destaca, se señala o eleva por encima de otros seres, carentes de tan alto valor (Melendo, Tomás, 2005: 41).

Por tanto digno es aquel ser que se destaca entre los otros seres por su valor intrínseco, es decir que le es propio. De esta forma un ser es más digno que otro y la persona humana es la más digna de todos los seres que existen en el universo visible, porque tiene un ser superior al de los animales, plantas y seres inertes. Justamente por poseer un ser personal, el hombre posee una máxima dignidad en relación de todos los seres corpóreos.

Para una mejor entendimiento de la dignidad personal del embrión es necesario precisar el significado de persona. Desde la antigüedad “el vocablo persona se halla emparentado ya en sus comienzos con la noción de lo prominente o relevante, que es el significado o la connotación que prevalecerá a lo largo de toda la historia” (Melendo, Tomás: 2005:21).

De esta forma se puede deducir fácilmente que los términos persona y dignidad están muy emparejados en cuanto a su significación. Así lo afirmó Santo Tomás de Aquino: Persona es un «nombre de dignidad: nomen dignitatis» (De Potentia, q. 8, a. 4 c.)

Es también importante aquí citar la descripción clásica de Boecio sobre la persona como una «substancia individual de naturaleza racional». Aunque esta descripción de persona haya sido muy mal interpretada y por lo mismo criticada, es necesario tenerla en cuenta puesto que hace referencia a dos aspectos fundamentales del ser personal: Una realidad individual-subsistente y un modo de ser específico: de naturaleza racional.

La persona humana es, en consecuencia un ser que subsiste por sí mismo, es decir que tiene una existencia autónoma, tal como lo dijo Santo Tomás de Aquino: “El modo de ser propio de la persona es dignísimo (dignissimum), por cuanto indica a algo que existe por sí (per se existens)” (De Potentia, q. 9, a. 4).

Y el modo propio del ser personal humano es que es de naturaleza racional, y aquí se interpreta a la racionalidad no solo como una intelectualidad fría, sino abarca toda la riqueza espiritual del hombre, de acuerdo a la interpretación realizada por muchos filósofos personalistas y entre ellos Tomás Melendo: “(la naturaleza racional) apela a una manera de ser que es, justamente, la de un compuesto de espíritu y materia, dotado por eso no solo de entendimiento-razón, sino también de voluntad, de sensibilidad,… de la aptitud y necesidad de relacionarse con el mundo y, en particular, con las restantes personas, dando y recibiendo recíprocamente, etc”.

De acuerdo a lo citado se puede deducir fácilmente que el fundamento de la dignidad personal del hombre se encuentra en lo que el hombre es en sí mismo y en lo que está llamado a ser. Ya que la naturaleza humana incluye todo ese conjunto de potencialidades o virtualidad que el hombre puede llegar a desarrollar o actualizar a través de su obrar libre y racional.

Este ser subsistente individual y naturaleza racional está en el embrión humano desde el momento de su concepción. Esta verdad no lo pueden conocer las ciencias experimentales, puesto que solo el cuerpo humano que es materia puede ser conocido y estudiado a través del método experimental. La verdad sobre el ser personal del hombre solo puede ser conocida a la luz de la filosofía o de la teología con sus medios cognoscitivos propios, partiendo de los datos que nos ofrecen las ciencias experimentales. Así nos lo recuerda Gonzales: “el carácter personal del embrión humano, lo mismo que en el disminuido… no es accesible mediante el método de las ciencias empíricas. Ello se puede comprender a partir de los datos de las mismas ciencias, mediante un saber en el que también el corazón, esto es la libertad, esté implicada”.

Por tanto, para tener un conocimiento real de la persona humana, es necesario tener integrar los datos de la experiencia, las ciencias positivas, la filosofía y también lo que nos enseña la fe, la teología; de lo contrario caeríamos en una concepción reduccionista. Pero además, como lo precisa el texto citado, se requiere una dosis de buena voluntad, ya que “no hay más ciego que el que no quiere ver”.

Por eso es importante entender lo que es un embrión humano desde los aportes de la ciencia. Siguiendo a Pardo “es el resultado último de la fusión del gameto masculino (espermatozoide) con el femenino (óvulo), que tiene lugar en la trompa de Falopio. Es un nuevo individuo de la especie humana, que funciona por procesos autónomos con una finalidad concreta, desarrollarse” (2004:61). El ser humano se origina en el instante mismo de la concepción, ni antes ni después se inicia la existencia de un nuevo ser que se presenta como distinto de la madre, único e irrepetible. Este hecho ha sido reconocido por el prestigioso genetista Jérome Léjeune: “aceptar el hecho que después de la fecundación existe un nuevo ser no es más una cuestión de gusto u opinión. No es una hipótesis metafísica, sino una evidencia experimental” (Pardo, 2004: 62).

Este nuevo ser, por tanto, posee existencia propia, es un ser distinto del ser de la madre, no una parte de ella, de la que podrá disponer a su antojo, tal como dice Pardo: “El nuevo ser viviente tiene un código genético propio, distinto al de su madre y al de su padre. El embrión tiene en sí el principio constitutivo del propio ser, es decir es autónomo y, por tanto, no es una parte de la madre. Pero, ciertamente, depende extrínsecamente de la madre, no puede vivir fuera del refugio de su madre, se moriría. El embrión es un ser autónomo, pero dependiente”

En consecuencia, el ser humano desde su concepción tiene un ser excelente y autónomo, quien tiene en sí todas las potencias listas para desarrollarse y llegar a la plenitud de su ser personal. En su mismo ser está esa potencialidad o virtualidad para actualizarse plenamente si se ponen las condiciones necesarias para la realización de su proyecto humano.

El hecho que el embrión dependa de la madre para recibir la protección y el alimento necesario es sólo circunstancial. La dignidad de la persona no depende de aspectos externos o circunstancias pasajeras, su dignidad depende de la nobleza de su ser que le permite tener un contenido ontológico excedente que necesitará de los otros para darse, porque se pertenece a sí mismo, posee el ser en propiedad privada y por lo mismo es capaz de desplegar su ser hacia su plena realización. Esta autonomía de la persona humana es en el ser primariamente y como consecuencia en su actuar, pues el obrar sigue al ser. Por eso aunque la persona todavía no manifieste un obrar autónomo, posee un ser excelente y autónomo, fundamento último de su dignidad. Pues si no posee un ser autónomo jamás tendrá un obrar autónomo (libertad).

Sin embargo, la autonomía de la persona humana no es absoluta, tal como lo afirma Tomás Melendo “…siendo la (autonomía) del varón y la mujer personas en sentido menos pleno y perfecto, ni la bondad de su ser ni su intimidad ni su autonomía resultan absolutas”. Por lo tanto cualquier persona requiere o necesita de otra u otras”. De ahí que se hable en toda persona humana de una dependencia, pero de una “dependencia por exceso que no nace por indigencia alguna, sino al contrario, de su grandeza o excelencia, de su sobreabundancia en el ser”. Por esta razón, el destino de cualquier persona es justo el de entrar en relación con otras personas para entregarse, para darse.

El embrión humano, como toda persona humana, es dependiente de su madre, pero esta dependencia no es ontológica, es circunstancial, temporal. El posee un ser autónomo, ser en sí mismo y no en el ser de la madre; es una sustancia individual, distinta de la sustancia de la madre, no es un accidente; es único e irrepetible, valioso por sí mismo, con todas las potencialidades de una persona humana, aunque todavía no manifieste una actuación autónoma.

El embrión humano es persona y por lo mismo digno desde el instante de la concepción, y como persona posee una naturaleza racional; pues si bien es cierto su cuerpo no está todavía desarrollado y no se manifiesta como humano (en los primeros meses de vida), él posee una alma espiritual perfecta, quien todavía no se expresa al exterior porque necesita de un cuerpo desarrollado para ejercitar su inteligencia y su voluntad libre; pero es precisamente su alma racional la que le hace ser persona, tal como afirma Jesús García (2003), siguiendo a Tomás de Aquino: “la razón por la cual el hombre es persona es precisamente su alma racional, su espíritu. En caso de no tenerlo o si el alma del hombre fuera como el de los animales, puramente sensitiva el hombre no sería persona; sería una cosa”.

Tampoco podemos afirmar que el embrión humano es persona solo en potencia, porque como se ha explicado anteriormente es un ser que tiene existencia propia y una nobleza superior. Justamente su actualidad deriva de ese ser que es el soporte de todas sus perfecciones accidentales y en virtud del cual se va actualizando, desarrollando sus perfecciones propias, poco a poco. Así lo proclama Pardo: “El embrión no es un hombre en potencia sino un ser humano en acto. No es una persona potencial, sino que es actualmente una persona humana con potencialidades todavía no actualizadas. Lo que está en potencia es el desarrollo de unas facultades, pero no el sujeto de tales facultades” (2004:69).

La excelencia o nobleza del ser personal del embrión radica justamente en su naturaleza racional, cuyo obrar racional todavía no se expresa, pero posee verdaderamente potencias racionales como la capacidad de conocer intelectualmente y de amar libremente, que si se ponen todas las condiciones favorables las llegará a desarrollar, en menor o mayor grado. El sentido común nos informa que no será lo mismo el ser de un embrión humano que un animal, ya que éste jamás llegará a desarrollar una racionalidad, justamente porque su naturaleza no está dotada de esa potencialidad que es solo humana.

Tampoco podemos sustentar la dignidad o grandeza del ser humano en sus cualidades (perfecciones accidentales), tal como lo afirma Leonardo Polo (1991): El hombre no es sus cualidades. Las cualidades pueden ser más o menos atractivas, más o menos útiles, más o menos valiosas por muchos motivos: pero ellas no merecen el reconocimiento absoluto que en cambio, merece su portador. Solo el hombre es digno por encima y debajo de su cualidades”.

Por lo tanto toda persona no nacida, desde el mismo instante de la concepción, debe ser respetada en su ser. Y son los padres lo más llamados a defender la dignidad personal de su hijo no nacido frente a cualquier peligro; y son ellos los que deben posibilitar el desarrollo pleno de su ser personal.

De ahí que el aborto provocado sea uno de los crímenes más espantosos que pueda realizar el hombre, pues se trata de un atentado a la dignidad de una persona humana que posee un valor eminente como cualquier otra persona. Y se agrava la situación cuando son los mismos padres quienes procuran directamente quitar la vida a sus propios hijos, personas inocentes e indefensas que gritan en el seno materno exigiendo que se les respete como personas humanas, dignas de ser amadas por sí mismas, independientemente de sus circunstancias, cualidades, defectos. La excelencia de su ser reclama ser respetada y defendida.

No hay, por tanto, ninguna razón que justifique semejante crimen, porque la vida humana es un valor absoluto que debe ser respetada y querida por sí misma; y defendida por todos.

Este escrito solo ha querido defender la dignidad del embrión desde los aportes de la antropología filosófica. En posteriores escritos se puede argumentar a la luz de la moral filosófica o ética. Ya que el aborto no es conveniente para la humanidad desde ningún punto de vista: económico, psicológico, sociológico, médico, jurídico, filosófico y religioso.

Pero no quiero terminar sin antes invitar a los estudiosos de los diferentes ámbitos del saber humano para que hagan una defensa de la dignidad del embrión humano, frente a este terrible mal que nos está acechando y que va exterminando a muchos millones de niños con el apoyo de autoridades y legislaciones permisivas, fundamentándose no en argumentos racionales, sino en argumentaciones formales que parten de casos aislados, dirigidos solo a conmover el sentimiento de las autoridades legislativas; aunque en realidad debajo de todo esto están los interés personales, ideológicos y económicos, de un grupo de personas que se han olvidado del valor ontológico personal y se han quedado solo en una valoración material y circunstancial de la persona humana, cuyo único principio válido será: el fin justifica los medios.

Lic. Nancy Estela Salazar
Profesora de Antropología filosófica y Ética
Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo.

Bibliografía
1. Melendo, T. (2005), Introducción a la antropología: La persona, Madrid: Ediciones Internacionales Universitarias.
2. Melendo, T; Millán- Puelles, L. (1996), Dignidad: ¿una palabra vacía? Pamplona: EUNSA.
3. Melendo, T. (2001), Las dimensiones de la persona, Madrid: Editorial Palabra
4. Pardo, J. (2004), Bioética práctica al alcance de todos, Madrid: RIALP.
5. Polo, L. (1991), Quién es el hombre. Un espíritu en el mundo, Madrid: RIALP.
6. Gonzales, Ana; y otros (2002), Vivir y morir con dignidad: Temas fundamentales de bioética en una sociedad plural. Pamplona: EUNSA.

5 comentarios:

  1. Anónimo6:26 a. m.

    20.000 niños mueren diariamente en el mundo de inanición. Si tanto se quiere preservar la vida, por qué no se tiene en cuenta este hecho.
    "Pienso, luego existo" (Descartes). ¿Piensa el embrión? ¿Sufre?. ¿Es que la Iglesia, con la riqueza que atesora en obras de arte, no podría evitar tanto sufrimiento?. ¿Que es lo que esconde detrás de la defensa del embrión?. Dejar morir de hambre a los que han nacido. ¿Cual es el asesinato más cruel?. Pretender defender la vida del no nacido para lamentar la muerte agónica del recién nacido es absurdo. Evitemos la desgracia lo antes posible. Si la Iglesia vendiera las obras de arte que tiene en el vaticano para ayudar al hambriento tendría mayor legitimidad para defender la vida del posible artista embrionario.

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  2. Al amigo anónimo que escribió el comentario anterior.

    Descartes, con todo el avance científico actual, probablemente al igual que el Dr. Jerome Lejeune no podría dejar de reconocer que la vida humana comienza en la concepción y de eso se trata. La dignidad de la persona es inherente a ella misma, no está en función de su coeficiente intelectual o los bienes materiales que pueda tener. Matar un ser humano de 3 meses de gestación es tanto o más inhumano que si se se mata un niño/a después de nacer.

    Respecto al hambre en el mundo, le invito a ver el siguiente artículo:http://boletinseps.blogspot.com/2009/11/que-desperdicio-de-comida.html

    CEPROFARENA

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  3. Anónimo, identifícate.

    La iglesia vende todas sus obras de arte (que además, son patrimonio cultural de la Humanidad) para alimentar a los pobres.

    -Resultado: Se alimenta a los pobres del mundo por un día.
    -Efecto final: La iglesia se hizo más pobre y los pobres siguen siendo pobres.

    Por si no lo sabes, la Iglesia Católica es la institución más grande del mundo que se dedica a hacer obras de caridad, y llega a lugares donde ninguna otra institución llega (Ej. Hermanas de la Caridad - Madre Teresa de Calcuta). La iglesia es perfectamente coherente: defiende la vida antes y durante el parto. Una cosa más, el embrión sufre, y hasta sueña.

    Saludos,

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  4. Un comentario al paso...Descartes cuando dice "pienso, luego existo" en primer lugar no se refiere a una secuencialidad...pues de hecho la secuencialidad podría llevar a error...por lo tanto es más adecuado decir "pienso, existo"...que significa esto? que Descartes reconoce su existencia en el hecho de poder pensar en ella.Solo la reconoce, no significa que su pensamiento sea causa eficiente de su existencia (De hecho dirá "Estoy seguro de que soy una cosa que piensa" - aquí hay una clara distinción entre cosa y pensar. No dice "soy lo que pienso")- Además cabe aclarar que para Descartes es: dudar, concebir, afirmar, negar, querer, no querer, imaginar y sentir.En cada una de estas cosas uno piensa...En cada caso, esto pensar para Descartes.Digo más,Descartes existe porque Dios lo ha creado, eso nos diria el mismo Descartes y de hecho lo dice: <"no debe parecer extraño, que Dios al crearme, haya puesto en mí esa idea para que sea como la marca del artífice impresa en su obra">. Por lo tanto, un feto, existe porque para Descartes, Dios lo ha creado.Entonces bueno, está claro que para Descartes, el pensamiento era una prueba autoconciente de su existencia (y subrayo autoconciente), Jamás ,para Descartes, el pensamiento sería causa eficiente de la existencia.Un feto, existe...y es claro que existe...y es más...existe como persona, puesto que es un adulto en potencia según nos diría Aristóteles.No existe ningún hombre que no haya sido feto. Y por último...es una 'falacia ad hominem' enorme y atroz la de despretigiar a la Iglesia Católica para pretender probar una conclusión que claramente no se desprende de las premisas.

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  5. Saludos,
    es bueno saber que hay gente interesada por la vida, soy estudiante de biologia de la UNMSM, quisiera saber si me podria brindar mas informacion sobre la proteccion del embrion humano,espero me responda lo mas pronto posible
    mi correo el calixto273_19@hotmail.com
    mi nombre nataly leon

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